La hora


Terminó una conversación simplificada con su mujer e hija y las dejó ir controlando la hora de la vuelta, imaginando las vacías bolsas de supermercado llenarse con jugosos manjares traídos por primera vez a la mesa después de tanto tiempo.
   Las agujas de sus relojes de pared le recordaban una inevitable necesidad de supervivencia, por lo que no tardó y decidió tomarse la segunda pastilla de su tratamiento diario.
   Ya era la hora, que tenía unos siete minutos de retraso en su agenda tan solitaria, pero se ahogó en el proceso en el que la píldora le atravesaba su galguero, como también se le atravesaban las culpas, lo abandonos y otras escenas sofocantes entre los insultos a su mujer, los rechazos de sangre a su única y verdadera hija, y los criminales lapsos en que decidía olvidarse de las horas – porque para sí, estaba seguro de que tal hazaña le era necesaria a la suposición de que nada más le quedaba en vida.
   Pensó en la refundación de su alma o en el desahogo de las culpas buscando el milagro, mientras se le escapaba el tóxico aire que le quedaba en los pulmones ácidos, creyendo que la absolución se le sería ofrecida por orden divina y ahora de repente, en un sólo empujón se le soltaba el escupitajo resucitador, llevando la pastilla hacia la otra punta del comedor.
   Una sola bocanada de aire le rellenó el hueco de su maldita vida mientras observaba desde cuclillas contra el suelo, de reojo, el teléfono sobre la mesada de la cocina, y estiró la mano y estiró el torso y articuló de a poco las piernas hasta ponerse de pie y caminar siete pasos infinitos en línea recta al aparato, como si a cada movimiento un hilo mágico le advirtiera la fatalidad, apretándole el cuello, jalando en dirección contraria, esperando su resignación total. Pero como era tan obstinado y terco, se empujó con todo su peso, rompió el desequilibrio, se libró de las ataduras en sus pies y realizó el séptimo paso quedando a cara con el teléfono.
   Sonó el timbre del pórtico a su espalda, pero nunca llegó a interesarse porque antes su cuerpo caía como mármol contra el suelo, rajando los zócalos y despidiendo una especie de polvo seco que quedó luego suspendido sobre su ropa.
   Su mujer y su hija entraron en el comedor, lo vieron tirado boca abajo, con los ojos descansados y el cuerpo paralelo a la mesada, y no se parapetaron. 
  Dejaron las bolsas de supermercado llenas de manjares sobre la madera, al lado del teléfono, se colocaron de cuclillas alrededor del cuerpo, soltaron sus imponentes y translúcidas alas, sujetaron el alma del muerto y salieron atravesando el techo.

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