De un tiempo a este punto.
Comenzó
a perder la noción de cuántas reliquias se le iban desapareciendo, día tras
día. Se olvidó la rejilla mientras limpiaba una pequeña réplica de arma y en
ese momento también se olvidó de lo que había venido a hacer al modular. Durante
las últimas dos semanas, cada vez que cruzaba del comedor al living para salir
a la calle, echaba un ojo a las primeras filas y tras contarlas –como era de
costumbre, cuidando del mínimo detalle de alguna pintura demacrada, incluso
algún brillo distinto que diera el sol – tenía la sensación de haberse saltado
una, dos o tres figuras. Así que se regresaba, dejaba lo que tuviera que hacer
y las volvía a enumerar sólo para darse con la cruenta realidad de que se le
habían desaparecido. En
sus sueños, donde acomodaba todas sus penas que brillaban intermitencias hasta
cerrarse eternamente, también veía extrañas alusiones premonitorias donde se
percibía a sí mismo en escenas felices, rodeado de abundancia y claridad
mental. Pero, durante una de sus inolvidables siestas, de un día para otro, se
levantó de la cama, caminó hasta el vestidor, se miró en el reflejo de su
espejito de mano, dudó en pasar por la cocina, cruzó hasta el living para
correr una cortina que le impedía la luz matinal y cuando se inclinó al pie del
modular para recuperar una mugrienta cucharita de plata, el sol le rebotó en
sus ojos y se olvidó de todo. Ahora, se levantaba del sofá o de alguna esquina
donde le hubiera llegado el sueño, y juraba que el despertador era el
desentendido de las horas y no él. Mas seguía ignorando aquellas reliquias que
se aparecían de la nada. Como
su carisma para los días, desde la primera figura que declaró en extravío, comenzaron
a venir las otras, las que descaradamente se hacían presente día tras día,
ocupando los lugares de sus antecesoras.Mientras
mantuvo cordura, tuvo por malditas a estas figuras foráneas, de las cuales
creyó reconocer una que le era familiar a un juguete que había perdido en la
niñez. Por lo que decidió anotar en un papel, que pegó junto a otra lista de
precauciones rutinarias, una enorme y remarcada advertencia, pues, a pesar de
la catártica sensación que le provocaba tenerlas en su poder, tras el inercial
manoseo le había nacido una provocativa y asfixiante inseguridad. Un
día tuvo su último sueño, donde se veía a sí mismo como un embajador de dichas,
mientras repartía sus reliquias a todos los niños del mundo. Ese mismo día, por
la noche, durante una garua fantástica, tuvo deseos de tocar una de sus
figuras, una de las ajenas. Era una mascarilla bicolor, que pudo sostener con
una mano y dejar cómodamente en el centro de su palma, mientras le miraba a los
huecos de los ojos. Con la otra mano despolvoreó la rejilla y tras un breve
letargo suspensivo la acarició con suavidad, frotándole las mejillas y
repasándole el filo a las cejas, que bien se asemejaban al recuerdo que se le
venía de su madre cuando le sostuvo la mirada desde un vidrio blindado que la
separaba del mundo. Ella cerraba sus ojos, fruncía las cejas y de inmediato se
imaginaba que su padre se le avanzaba una y otra vez y le provocaba gemidos y
le lastimaba esas bellas cejas con un cuchillo de cocina, pero él no hacía más
que observar, como fue desde siempre, detrás de algún escondite, simulando
debilidad, inocencia, mientras se le iba la vida y los recuerdos. Más
súbito que aquellas pesadillas, un nuevo día lo recibió con el agudo pitido del
despertador que además le hizo acordar que iba a llegar tarde al trabajo. Se
aseó brevemente, pasó frente a la heladera sin prestar atención a sus viejas
anotaciones, husmeó en el comedor y pudo encontrar la ubicación exacta del
teléfono fijo. Lo sostuvo con ambas manos y llamó a su jefe, pero del otro lado
lo recibieron con el desamparo, pues llevaba semanas integras sin asistir. De
pronto, se detuvo frente al modular, observó ágilmente las figuras intentando
diferenciar a las viejas de las nuevas, porque había descubierto una relación
sobrenatural entre las reliquias que llegaban y sus memorias perdidas, pero no logró
identificarlas ni en su pasado ni en su presente, es decir, que por fin lo
había perdido todo. Casi
veintitrés horas después, una figura nueva resplandece sobre el tope del
modular y se resbala sobre el pecho adormecido del que ya nada reconocía. Lo
pudo apreciar durante un rato, desde su impávida ignorancia, como un cavernario
a la luz del día, hasta que se decidió en la forma y la materia de aquel objeto
y le dio un inocente beso como el de la princesa a su príncipe-sapo de la
sabiduría, trayendo consigo la abundancia del aquí y el ahora, así como del
ayer y del mañana. Tan
pronto como las horas vespertinas, le nacieron las patrias del pasado, y tan
pronto como las victorias, vinieron momentos esporádicos llenos de intensa
revelación tras ver una lata de comida vacía y recordar que tenía mascota a la
cual no alimentaba hace mucho tiempo, o venirle el pensamiento de la
responsabilidad marital, al mirar su anillo de bodas y recordar que su mujer
debería estar volviendo de su viaje de negocios, en los próximos días. Demasiada
presión, demasiados compromisos, los ojos de su perro, ya flaco y tirado bajo
una endeble sombra en su patio trasero, y la correspondencia no abierta junto a
la mugrienta vajilla en agua estancada, le movieron los huesos enfermos y
terminó sosteniéndose de cara contra la mesa del comedor, mirada de psicópata
hacia una tira de pastillas porosas envueltas con un papel fino que contenía
escrito a mano una advertencia de último recurso, cuyas finales oraciones le resonaron
a su más reciente pesadumbre mental, por la cual pasó largas horas en
depresión. Se
arrojó dos en seco, que bajaron por su garganta rasposa y estallaron en los
jugos de su estómago y de a poco, fue cerrando las cortinas, acomodándose de
ropas, despojándose hacía su cama y con lento desdén miró hacia la mesita de
luz, descubriendo aquel despertador rojo que tanto había estado buscando. De
pronto, olvidó que era de día, que apenas era la mañana, y lentamente fue desconociendo
incluso las horas y la existencia de su esplendoroso modular.

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