Asesina


El ruido mundano apagaba las luces de la habitación, las imágenes de la tv y también los gemidos a todo volumen. La agitación se pegaba contra la pared, y los suspiros de piel y plástico compartían un nuevo infinito. Hasta que, en frenética apoteosis, el cigarro fue a caer sobre ella.
Lo único que quedó en pie fue la chispa de un último arresto de nicotina que se desbancó entre las nalgas resbaladizas y la pelvis adolescente provocando que el sufrimiento de él no tuviera congoja, ni abrazando a la dama como la serpiente a su presa. Ella no logró emitir quejido. Las lágrimas de él sepultaron contra las sábanas el idílico romance. La muñeca se desinflaba.

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