Game Over



Era un torbellino de arena que barría todo como si fuera un sueño débil el mundo.
Desde mi ventana podía levantar la cabeza y ver que las casas, los postes de luz, los arbolitos en las veredas, las camionetas rodantes, y hasta las rocas eran envueltos por un viento que los borraba de la existencia. Era toda una pintura arruinada por el barro que llegaba hacer a uno confundir entre el cielo y la tierra, e incluso impedir el pensamiento, así que me puse la mano en el pecho y esperé a que no se llevara mi ventana.
En mi casa todo seguía estando ahí en su lugar. Se perdía la transparencia por la mugre y ya comenzaba a opacarse mi reflejo. Yo estaba triste, pero necesitaba saber hasta dónde había llegado aquel violento torbellino. Y se desvanecían por el aire como un sueño, la luz del cielo, las hojas de los árboles y yo. Luego quise abrir la puerta pero esta fue abducida por una magna aspiración que me dejó en la cornisa, entre el suelo de concreto de mi casa y el infinito volcán subterráneo que abismaba mi alma.
Podía ver alrededor la saturación roja y naranja, y la transpiración del calor. Arriba corría el viento, huyendo de la tierra que había tratado de absorber antes. En picada el remolino cayó al precipicio y yo me lancé detrás de él hipnotizado por sus vueltas barrosas. Esperando tocar el fondo brillante, antes apareció frente a mis ojos, en la horizontal pantalla, el aviso perturbador de que todo había terminado.
Por fin apagué la tele y, con el mando lejos de mis manos, tuve deseo de abrir la puerta, esperando que afuera todavía hubiera veredas, arboles, canciones, sueños, vida…

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