Las margaritas también mueren


Los hibiscos, las malas madres, las trinitarias, los singonios, las dahlias… todas mueren, todos los días, a toda hora, sueltan sus hojas, quiebran sus tallos, relajan súbitamente su etiqueta, resignan sus protocolos y mueren, sin que nadie se fije en ello, y mientras uno las riega en su funeral, en su esqueleto hueco, sufren y lloran sin la caricia final, sin el padre o la abuela que las acompañe a través del camino espinado, hacia el túnel sin luz.

Pienso ¿Creerán las plantas que pensamos en ellas? ¿Sentirán tranquilidad creyendo que al morirse irán al cielo y verán a sus seres queridos? ¿Creerán como nosotros, en una vida después de la muerte? ¿O su muerte no será más que una resignación a nuestro mundo, consecuencia de la desesperanza a que algún día oigamos sus plegarias?

Sin embargo, allí están de pie, y una tras otra, de tiempo a tiempo, abandonan su piel, cierran sus conexiones con el mundo, rechazan al sol y mueren. Ahí mismo frente a usted, frente a mí.





2016.

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