Despedida


Ante el amparo de la mesa limpia del comedor, un joven dialoga con sus padres sobre los pormenores de su ausencia, las discusiones con su jefe, la falta de justicia social, la incomunicación de sus compañeros de la facultad, y la postal de la ciudad por las noches, cuya sensación le hace recordar repetidamente a su pobre condición de soledad.
El padre, estira su mano menos temblorosa para sosegar los nervios de la inmadura mano de su hijo, pero este, con ventricular temor, esquiva el gesto, aprovechando para servirse el café caliente que ha dejado en reposo. Mientras tanto, prosigue en su rodeo, tan bien planificado que hasta bordea lo inverosímil de su contenido, como del ajuste en los impuestos, el corte de pelo multifacético que no pudo hacerse por vergüenza a la burla, las variedades de colores de la camisa de su vecino tachero o del sueño en el que se creía muerto y regresaba sólo para despedirse de sus padres.
Mamá-dijo el joven, mientras levantaba de apoco la mirada del mantel, hacia los bellos ojos de luz de su madre- aprendí de ustedes a repetir el tiempo como un desgraciado accidente y con la suerte en contra, aunque, a la vez, aprendí o me lo enseñé, ya no interesa, que el sufrimiento tiene sus límites, y yo no quisiera seguir sufriendo después de muerto.
Concluyó su larguísimo soliloquio hasta que, por fin intenta soltar lo que ha tenido guardado en el pecho, aunque de típicos entremeses, ambos viejos, rejuvenecidos por la ansiedad del inminente viaje, logran sostenerlo de sus hombros para pedirle que abandone sus malas sangres, y aprenda a soltar todo lo dañino a lo que se ha venido aferrando, pues ellos ya están decididos a dejar gratuitamente todo aquello que por tanto tiempo les ha causado sufrimiento, que a partir de ahora habrán de dedicarse a vivir sus sueños y a viajar por el mundo en una última luna de miel.
Vertiginoso, el pecho del joven se va encogiendo mientras los acompaña hacia la puerta, mirando hacia los costados, corroborando si llevan lo necesario para la aventura. Ambos viejos ya casi jóvenes, tras salir al pórtico, cómodos de ropas y con la cadencia y la seguridad que sólo brinda el sosiego, bajan hasta la vereda, giran para un breve saludo, como de esos que recibe uno cuando es dejado junto a la grotesca maestra el primer día de clases; y desaparecen.





2017.

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