El bucle eterno


¿Qué es un absoluto, Horacio? -Mirá -dijo Oliveira -, 
viene a ser ese momento en que algo logra su máxima profundidad, 
su máximo alcance, su máximo sentido, y deja por completo de ser interesante.
J. Cortázar


    Había dejado el cuadernito de hojas flacas sobre la hornalla. Lo que no sabía era que el gas nunca se detuvo.  Y lo que no imaginarias tú es lo que siguió, acaso la crueldad de algún duende mágico, invisible, que se escondía detrás de la cocina y que vio las hojas mate sacudirse por el vapor cuando unas se tocaron con más vehemencia que las demás. Nació una chispa, un microscópico choque de los átomos de papel. Vi al fuego consumiendo el gas, el escrito, las ollas, la pared… la casa se hundió como si estuviera siendo devorada por la boca del Hades.
    Desde una superficie más elevada que la de los árboles, vi descender a Ícaro, con ímpetu de salvación. Entró a la casa, cruzó las bisagras hervidas sin puerta y se arrodilló frente a una pequeña montañita de cenizas, que antes había sido el cuadernito aquel. Y el surcador de cielos, ese amante del sol, hermano de Yápige, los juntó con una palita dorada, los guardó en su morralera y volvió a su torre. 
    Habían pasado un par de años, no tantos como para olvidar. Ese año, el doce, me lo encontré barriendo una vereda de la calle Ocho de diciembre, y me acordé de 1829 aquí, de 1941 allá, y de 1991 muy lejos. A cuál de ellos haría referencia esa dirección, me pregunté. Por curiosidad, me atreví a detener el robótico ejercicio del ángel. Ya no tenía alas, ya no brillaba su piel. Estaba muy ajetreado y enjuto de carnes. Estaba llorando. Me pidió que lo dejara en paz. Yo sabía algo de mitología griega, algo de genealogía divina, algo de sus alas, algo de su padre, pero nada de sentido común.
    Él era pobre ahora ¿O lo había sido antes? Caminé cinco cuadras hasta la primera biblioteca que hallé, que no era la de Babel, ni Beinecke, ni mucho menos la de mi barrio. Pedí una copia de Historia de la mitología griega de Robin Hard y eché un vistazo. Allí no encontré Ícaro alguno, porque no figuraba ser hijo de su padre quien sí voló, pero solo, desde la torre hasta la isla. No había caída, no había mar, no había cebo derretido.
    Le pregunté al bibliotecario sobre el joven hijo de una esclava: el mismo que voló alto, pero nos desentendimos pronto, y se rió de mí. Me aconsejó que escribiera la anécdota, que dibujara sus alas, que lo hiciera a mi nombre, pero que no intentara figurar en ninguna mítica leyenda, que a eso se lo dejara a los adultos. Incluso, abandonando antes la idea, me serviría para vivir en paz y que no me doliese tanto la adolescencia. Me notó tan necio, tan incompleto. Yo lo había ignorado, me sentía capaz de dominar al mundo –Estos chicos de hoy –, y me despidió.
    Volví tras mis pasos hasta donde había dejado por última vez a Ícaro, pero ya no estaba. Me eché en un rincón, cuestionándome sobre aquel incendio en mi casa. Aquel libro que había tomado Ícaro, sus restos, quizá, se relacionaban con su extinción de las líneas oficiales de la historia. Hice unos últimos intentos ojeando a Kerenyi, a López Trujillo… hasta averigüé en algunas épicas heroicas, en algunas historietas norteamericanas, donde, recordaba, aparecía su figura, pero nada.
   Hasta que lo vi, el recuerdo o la visión, algo que no había revisado antes en mi conciencia. Un tal Heracles, un día del siglo V antes de Cristo, quien había encontrado en las orillas de una de las islas de Creta el cuerpo muerto de Ícaro, contó que él mismo le había dado divina sepultura… en realidad, vi algo más que eso.
    Tras ojear varios ejemplares griegos de heráldica heroica, noté que el joven Ícaro había sido, tal vez, el héroe menos privilegiado por los míticos helenos. Había sido, en realidad, un falso héroe, caído, derrotado por la grandeza del universo. Acaso, su sueño, su esperanza, su ambición, su capacidad de percepción y su olfato ante el peligro lo habían llevado a estar siempre obligado a repetir una y otra vez su humillante acto.
    Lo peor era que nunca abandonaba la pasión de alcanzar lo que nadie jamás le permitía. Durante no menos de mil años se había visto forzado a dejarse derribar por Febo Apolo, por el sol, por su padre, por el agua, a propósito de unas pocas líneas que habían dispuestos sus predecesores.
    Seguramente se habría hartado, porque nunca dejó de soñar. Era un títere con alas falsas que ni siquiera las necesitaba; sí, al fin y al cabo, caería irremediablemente al fondo del mar… algún otro lo sepultaría, también mil y unas veces, cada vez que el libro se abriera, cada vez que tomara sitio en la voz de algún lector ingenuo, en alguna ilustrada librería. Él no dejaría de soñar, su padre respondería lo mismo, desconfiado, autoritario, adulto. Y la muerte.
    Consecuentemente, entendí por qué se había llevado las cenizas de mi libro.
    Ofrecí datos sobre su aspecto en algunas oficinas de empleo, tratando de volver a encontrarlo, pero nadie recordaba haber visto jamás a un hombre tal. Yo sí lo había visto, era muy claro en mi mente su recuerdo. Y cuando casi estoy a punto de perder mis deseos, topo con un barrendero municipal, lo atraco y lo inquiero hasta sacarle las palabras escupidas.
    ¿Estaba afiebrado? Porque en esa ocasión había faltado a su empleo. Había obtenido permiso del jefe de la zona, por donde sabía trabajar durante las mañanas. De allí lo conocía este hombre, este barrendero que no quiso responderme cuando le pregunté si Ícaro era feliz siendo voluntario. Pero yo lo deduje, él prefería este mundo antes que aquel; esta labor, este sufrimiento.
    Me disipé de la zona y seguí hasta mi antiguo domicilio, el que era ahora una montaña de escombros y madera. Ahí lo encontré sentado sobre una roca, llorando de rabia. Traté de consolarlo, sentándome a su lado en una piedra más pequeña, para confesarle mi versión de los hechos. Detuvo mis palabras, mis ignorantes consejos. Me pidió que lo matara.
     –Aquello era, entre las paredes de mármol, entre la escasa luz, entre repetición y repetición, mejor vida que esta, y ahora me arrepiento de haberte encontrado –me decía, mientras miraba a mis pies, como queriendo quitarme los zapatos. Qué equivocado estaba yo.
    –Hablé con una de las hermanas del destino, en Tebas, a la más aguda en visión, y le rogué que alcanzara a ver, lejos de aquella edad, en esta, algún accidente que pudiera darme una libertad temporal. Y tu libro fue el que se quemó, cuando lo dejaste sobre la hornalla. Yo lo veía todo. Bajé y tomé lo que quedaba, lo guardé y lo llevé hasta la vieja Moira, quien se lo bebió de un trago.
     Él, me hablaba hasta aquí de una capacidad extraña, que se suponía no debía existir. Eso no estaba escrito. Una de las deidades del destino, que para los ancianos nórdicos solían también nombrarse como Nornas, se había bebido las cenizas de mi libro de Los mitos griegos de Graves, que había comprado un mes antes de la quema. Aquella facultad para beberse las cosas le había dado a Ícaro la posibilidad de huir de su mundo, para siempre. Y eso mismo fue lo que terminó hundiéndolo, finalmente, porque las viejas hieráticas, especialmente la de las tijeras de oro, le había anunciado su fin, aun menos glorioso; incluso menos decorosa su muerte que la de un humano… pero él ya lo había sentido antes: la cara de la humanidad, el verdadero castigo. Y me confesó que en tales circunstancias prefería el escarmiento de Minos.
    No dejaba de imaginarme cuánto deseaba volar su alma; y él tampoco, porque se le notaba, miraba al cielo incesantemente, como esperando que alguien lo rescatase de este infierno. Yo seguía intrigado, sin tener una solución para mi nuevo amigo.
    –Entendí que esa era la única solución, ya ves, ahora invalida. Borrarme de tus libros, de la historia humana. Tal vez, así tendría una segunda oportunidad para rehacer mi destino, mi tétrica figura. Estaba cansado de hacer siempre lo mismo, y que, además, nadie me diera crédito por ello –lo vi suspirar un largo aire oscuro, envenenado. Pronto vería su consumación, tal como lo había predicho la Moira, creí.
     –¿Pensaste, quizá, en ayudar a tu padre? el anciano Dédalo, de quien eres hijo, habrá llegado a la isla, la cual ya no llevará tu nombre. Tú no aparecerás, a menos que yo lo escriba, a menos que alguien lo lea, a menos que no se queme otra vez.  
    –¿Tú podrías rescribir los hechos? Quisiera despertarme ese día, y que mi padre crea que mi sueño es en realidad un aviso, una amenaza. ¿Alguna vez supiste ser ignorado? Saber que lo que te espera del día, además de ahogarte o caer al vacío, es la apatía que recibes de la única persona en la que crees fielmente más que en el propio Helios. Me siento como Faetón, el incauto, que nunca pudo aprender el arte que su propio padre jamás tuvo por enseñárselo. Y es que fue tan difícil, incluso para el mismo Hyperion, en su momento, montarse sobre su carro. Hoy he descubierto que dudan de su existencia, incluso su nombre no le pertenece, dicen. Tu mundo cree saberlo… mi padre, podría oírme si tú quisieras ¿cierto?
    Por eso no podía darle respuestas a sus inquietudes –Tú no existes, y no puedes darme órdenes… los padres nunca oyen, si lo hicieran, yo no sería escritor. Y no puedo inventarle una actitud ilusoria a Dédalo, porque él nunca lo sentirá aunque te lo demuestre. ¿Cómo vivirás con la farsa? Más sabiendo que la respuesta que recibas será mía, no suya.
    No me contestó, aunque parecía cobrar sentido en el fondo de su débil espectro –mejor, acepta el hecho de volar junto a él, serle un peso ineludible, fallar en tu vuelo, y caer juntos al mar. ¿Podría eso estar en tus planes?
    Un viejo loco supo decir alguna vez que no hay razón para buscar el sufrimiento, aunque si éste llega y trata de meterse en nuestra vida no hay por qué temerle; hay que mirarlo a la cara y con la frente bien levantada. Pero el pobre personaje, a mi lado, no tenía fe, no quería enfrentar su voluntad interior, estaba aislado, alejado de un querer, dominado, sometido a una voluntad que acumulaba más y más poder sobre su alma. Yo no sabía que vivir era alcanzar la felicidad. Ahora entiendo eso como una excusa para gozar del sometimiento ajeno.
    Tampoco tuve fe, y me sentí acongojado al descubrir que ambos deseábamos lo mismo.
    –Acaso, ¿No te he liberado de tu cárcel? Esa casa en forma de prisión que te domaba infinitamente. Yo te conozco dueño del libro, porque me contaron de tu poca curiosidad por la vida, tu escaza destreza para huir de la ignorancia. Estabas harto y ahora eres libre. Lo mismo deseo yo –en realidad, lo que yo ansiaba era seguir estudiando en casa: cerrar la puerta, las cortinas y echarme en el sillón a leer algún apunte de la Lingüística histórica. Pero, conociendo mis propias fatigas, me habría de aburrir pronto el hecho de saber que encontraría todas las palabras para decir lo que no… y él tenía razón, después de todo, prefería que Ícaro continuase inscripto en los textos.
Era mejor sentir que controlaba todo desde mi sillón.
     –No obstante, en este mundo prefiero barrer las calles, hablar contigo y beber agua. Allá no bebo agua, muero en ella, y el viento y las alas no las puedo disfrutar, me pesan, me queman. Aquí me siento libre, sin alas, lejos del control de las Moiras –pero nunca se había desasido de ellas, y fue en ese momento cuando le llegó su hora.
    Caminamos varias cuadras rodeando el shopping centre, del brazo. Llegamos al Tajamar, el rio de concreto más estéril de la historia de mi pueblo, desconocido para Ícaro, el joven sin esperanzas. Allí nos asaltaron unos rateros, nativos de la delincuencia barata.
    Le quitaron a Ícaro sus monedas de oro y a mí la dignidad. Lo único que conservaba en ese momento: mis borradores, mis ensayos, los veía irse por el aire algunos, otros rotos. Tuve que dedicarme muchos años, luego, a rehacer todo lo que había perdido aquel momento. Incluso, les he deseado la peor de las humillaciones a esos malvivientes. Hoy tengo una obra en su dedicación, y espero nunca publicarla. También esa sería una manera de borrarlos del mapa. Ojalá pudieran las Moiras beberse mis hojas y hacerlos desaparecer. Malditos parásitos de las Harpías.
    Si el Catoblepas, otra de las ánimas que más odio, se hubiese cruzado por esa esquina, esa noche, habría entregado mis ojos y mi piel por presenciar cómo los buitres que nos robaban, eran sacados de su vida, eran convertidos en piedra, eran muertos.
    Ícaro le quitó a uno su cuchillo, se lo clavó debajo de la costilla derecha y le abrió un tajo como si estuviera cortando tela, hasta la garganta, rompiendo huesos y partiendo un pulmón. Predeciblemente, el segundo ratero que se entretenía rompiendo mis apuntes, se asustó tanto que gatilló derecho hacia la boca de mi amigo. Luego huyó. Pero, esa pesadilla ha tenido variaciones desde que la imaginé. Una vez fui yo el que cortaba la costilla e Ícaro miraba desahuciado, me brillaba la piel y me convertía en héroe.
En realidad, yo lo vi en el suelo, sangrando, tiritando, pidiendo ayuda. Yo también huí cuando su cuerpo se esparció por el aire.
    Tiempo después, me encontré en un entrepiso, con un antiguo amigo de la secundaria. El día era para mí el más bello de toda mi vida porque publicaba mi primer libro, que trataba la anécdota personal de mi encuentro con Ícaro, un personaje de ficción que la historia había excluido de su genealogía. Mi amigo se sentó frente a mí y se dispuso a leer un pedazo de mis escritos mientras daba tragos largos a su café negro.
    –Ya veo, es un impecable entretejido mitológico, un interesante paisaje humano lleno de ambigüedad acerca del hijo de Dédalo. Lo conozco del Instituto de Letras. Está cómicamente traspuesto a nuestra realidad. Me gusta la tristeza del protagonista, se parece a ti; como durante esas épocas de la universidad cuando estudiábamos alguna ingeniería apática. lo compraré, te lo aseguro, y lo sumaré a mi colección de intertextualidades sobre la mitología griega. Será el primero hecho por un riojano. Mi amigo, veo que estás dejando la adolescencia, sus cavilaciones, sus excesos. Te conviertes en adulto, aunque algo tardío. Felicitaciones.
    Y así se fue diluyendo mi mejor día, porque comprendí que Ícaro vivía, no en mi mundo, sí en el suyo. Había vuelto a nacer allí, y mi libro ya no tenía nada especial.

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