Malinche.


“¿He dado con las palabras justas para expresar toda nuestra angustia? lo ignoro. En ningún idioma deben existir términos apropiados para semejante calamidad.”
Julio Verne


    En las últimas dos semanas, que había tenido su alma pegada al cuerpo, se le dio por no morder tobillos, no perseguir autos, ni ser mal cachorro ¡Porque también tenía su infancia a flor de piel! y cuando se sintió lleno y contento, deseó no comer más, se echó sobre su amo y se dejó caer.
    La mano joven se endulzó en la alfombra de pelos y el perro viejo agitó su rabo, destensó su mandíbula y dilató sus parpados. Los dejó reposar un par de maravillosos fragmentos de segundo. Lo hizo a gusto.
    Milagro. Sanaría de su lomo, curaría sus orejas, descansaría de los chupasangre; y lo más importante: dejaría de renegar por las heridas que le habían fabricado las gentes.
    A buena fe, decretó que alguien lo amaba esta vez. Y murió, por fin murió.
    Así, pero no tan feliz, llegó muy joven a la perrera, con un collar roído que decía “malinche”, como el de los abandonados. Quienes lo veían entrar exclamaban: –Si yo hubiera sido su amo, lo mesmo habría´echo.
    En poco tiempo, los adoptantes optaron por esquivarle la mirada aunque hiciera más bochinche y desmanes que todas las ratas del Pozo de Vargas juntas. Sentía la necesidad de superar las payasadas de sus compañeros de crimen. Lo llevaba al extremo, y ni siquiera con eso llegaba a ganar la confianza de la gente. Tenía su celda sucia y hedionda porque no dejaba que nadie la asee, y por lo mismo se moría de hambre, porque les había mordisqueado varios dedos a los empleados, que ya no querían acercarse a las rejas.
    Los platos diarios, los de Navidad, los del 12, e incluso los de su cumpleaños pasaban frente a sus narices, y nunca le llegaba ni una sobra. Al final, ganaba algo de atención los días de visita estudiantil, sin embargo no dejaba de mostrar su hilacha. Cuanta más gente había con más malicia se comportaba ¡Y quería que su jaulucha fuese la mejor!
    El malinche sufría tanto del mal de humor que ni el patio lúdico le satisfacía –mejor dejarlo tirao, más no sirve ni pa´lechón –le oyó decir a sus jefes.
Al cabo de esos insufribles años, los dueños lo expulsaron por viejo gruñón. ¡Pero, si no conocía la calle ni el callejón!
    Pero no todo era malo para el pobre animal, porque, a pesar de que mostraba sus dientes a cualquier ser vivo que se le cruzaba, no podía negar que disfrutaba de las marchas humanas más que de sus silencios. Entre los más cascarrabias era quien primeriaba a la hora de dar aliento a los más suertudos, a los que eran liberados ¡Cuando alguien los elegía! Y sí, ese bruto, torpe, bravucón y fiero, también tenía sentimientos aunque por estar tan guardados nunca los podía disfrutar.
    Al primer día, sin vallas que lo atasen, vio todo tan de cerca que se echó del miedo, hundió la cola y cerró sus lagañosos ojos. No quiso estar solo, por primera vez se acordó de su mamá. Y no le quedó otra al infeliz mestizo que ir a buscar camorras detrás de perras sarnosas y carne podrida.
    Y sin tener fin, su agria vida se encendió más que nunca, como si la rabia y la penuria le hicieran combustión en las tripas. Era el rey de las calles y el dueño de la carroña. Todos le temían, todos escondían sus rabos pelados. Las perras más fieras se echaban a sus patas, aunque él pareciese más un ladrador que un labrador. Pero lo mágico estaba en sus ojos, uno negro que asustaba de día, y el otro amarillo que horrorizaba de noche.
    Su malinche vida se había convertido en algo especial, pero, ante todo ese nuevo paraíso, él deseaba algo más, tenía un capricho que lo erizaba cuando lo hacía mente; y soñaba que, entre la mugre, una mano se tendía sobre su rancio lomo y se amansaba sutilmente, sin importarle el sucio pelaje, las garrapatas ni las costras empodrecidas.
    El desconocido mundo le sería imposible, como su gente.
    Un día, le gritaron para que se muriera, para que lo atropellara un auto, o dos. Ese mismo día, lo acarició una mano joven, ingenua quizá, sin preguntar, sin temer que el malinche lo mordiera ¡O le sacase un brazo!
    Pronto, el dueño de esa caricia prematura, desapareció hacia el otro lado de la calle, tras un salto al vacío, lo mismo que significaba para el malinche ir contra la marea de personas que no ven ni sus propios pasos.
    Sabía que del otro lado del peligro, encontraría el renacer tan anhelado. Finalmente, arrimó su decrépita alma para que alguno le diese de comer, para que ese alguien le renovase las caricias, para que…, le sería imposible cruzar.
    Se achicó ante tal supuesto fatídico. Pero estaba deseando esa caricia sobre su pútrido lomo, tenia, su instinto, la necesidad de revertir los miedos e ir por aquel placer que lo había amansado inesperadamente.
    No. La negación pasó por su mente. Era un rotundo No ante el universo, ante su destino. Ablandó el pecho, cerró los ojos y así echó pique entre el millar de gente.
    El animalejo logró huir de los automóviles, de las motocicletas, de las bicis, de los carritos de supermercado ¡De los coches de bebé!
    Ya se imaginaba un perro rejuvenecido, al que le brillaban los ojos de ternura, al que sólo le bastaba sonreír mientras imaginaba tal azar. Había vencido, había cruzado lo impenetrable. Su madre estaría orgullosa, pensó.

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