Haga este experimento.
Encienda esa luz.
Imagine que el doctor se encuentra con su paciente dentro de una sala sudada
por el calor bajo una lámpara que ilumina apenas los utensilios (figúrese el
reflejo de la mugre). Su único paciente y testigo (como usted) es un cuerpo
casi viviente que ha estado sentado en la única silla de metal grisáceo
salpicada de humus desde que se activó la luz.
De a poco van a ir apareciendo todos los
rincones de la escena. Sólo usted ha permanecido todo este tiempo de incógnito
y sólo usted, en este rincón, reconocerá el final cuando esté por llegar. Y la
paciencia con la que se sostiene esa jeringa que contiene el relámpago es la
única verdad.
Y el brillo de las luciérnagas que se regodean sobre la
simulación y la noche, y su serenidad y deleite, usted no podrá imaginar, pero
por favor continúe percibiendo al huésped, que no ha intentado esperar ni
desesperar. Ni ha mirado al doctor, aunque ha fingido hacerlo. El paciente no
es capaz de imaginar, pero ha conseguido deducir lo que siente su doctor (cosa
que tampoco podrá saber usted) mientras la jeringa va aproximándose lentamente
sobre el trapecio derecho.
Tenga en cuenta que el cuerpo inerte que ha reposado
esperando su muerte desde que hemos comenzado con esto, se ha ido deteriorando
a medida que las manecillas del reloj, como la aguja, se han embelesado por
saborear la piel nueva.
Repasemos.
<<El bacilo mental atrofiante, el exceso de narcóticos
ecuánime y los letárgicos… >>a nombre de Rivas se adjunta el diagnóstico.
Ahora note cómo lo está mirando aquel huésped y mantenga la atención
especialmente en sus ojos, que miran pero no lo ven. Y no finja que no le
duele, que usted no cavila si es uno el que sufre el pinchazo o el otro el que
lo padece. No quite la mirada del haz de luz porque usted sabe bien cuál es el
final.
La aguja se detiene, el doctor se estanca a mirar a los ojos
de su victima…
–No
soy Rivas, doctor, me confunde con otra persona–dice
el que no parecía expulsar rasgos vitales, el conejillo de otro.
El crimen se anula. El tiempo le ruega al de chaquetilla que
aquiete la perversidad infinitamente. No hay regreso. Esta vez es el paciente
que infla el pecho para seducir la punta venenosa.
Ahora que usted lo sabe, puede apagar esa luz.

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