Camino a una razón que desconocía, vi cómo del cerro chorreaban ardores…


“Troya quedaba atrás envuelta en llamas, pero nuestros ojos solo veían los destellos saltarines del sol sobre un mar de color de vino que nos atraían hacia la patria.”
Collen McCullough


…llamas, fuegos naranjas, egregios e hirvientes del infierno. Era de noche, y bajaba cada vez con más pasión buscando las calles de la civilidad.
Yo iba en bici, hasta que estando lejos de casa, fuera de los límites de mi entendimiento, vi, con la curiosidad que hace a todo niño buscar su propio castigo, cómo el magma se metía por las puertas de las altas residencias. Sin pedir permiso, la humanidad corría espantada, abandonando sus hogares. Y me preguntaba si sufrían más por el temor a la muerte o por la pérdida de sus alcázares, ahora en ruinas.
Las pomposas veredas, los delicados pórticos los tragaba el magma y pronto se volvía toda una deformidad de fuego impenetrable.
Yo continuaba pedaleando hasta que, por mérito de la misma inquisición que me había llevado a acercarme hasta los bordes del calor, una braza saltó e hirió mortalmente a mi vehículo tanto que haciendo fuerza en esfuerzo no pude ni logré que se movieran las ruedas. Y al mirar hacia la maquinaria que la movía, vi también que la cadena se había fundido, haciéndose una misma argamasa con todo el cuerpo. Pronto me vi parado frente a la amalgama de metal derretido que era mi antiguo vehículo endeble.
Salí a correr por doquier, buscando un aparejo, lejos de las brazas, cerca de la gente, pero subí la frente, y el puntiagudo cerro parecía hinchado, deseoso de algo más que sólo exudar lava por suelo.
Era maravillosa la estampa de esa noche profunda del verano del `16 mientras cientos de brazos rojos se abrían paso en picada hambrienta, cada uno con un rugido diferente, y todos, en coro ancestral, penetraban mis oídos armonizando en mi alma.
En el lugar, hallé una familia que miraba de lejos la furia. Cuando llegué a ellos, lo que detrás de mí había quedado era un pedazo de todos los restos cadavéricos que la corriente dejaba a su paso.
Todavía no había alcanzado la parte baja de la ciudad esta catástrofe, pero esta gente, esta familia, lo recibía con indulgencia, cargaban todo en sus maletas, no querían dejarle nada al fuego. Y yo miraba hacia aquel pico, su gracia, su brillantez, y me dejaba seducir, me descuidaba de su ira y me atraía más su fulgor.
Qué perfección de fetén -pensé. El hombre me apretó la espalda y me arrastró hasta su automóvil, me metió en la cabina trasera, y me sentó junto a sus dos hijas pequeñas. La mujer había trastabillado en la cocina, aplastada por la heladera, tratando de traer una pequeña chatarra portátil.
El hombre fue a ella, pero en ese momento eyectó el cerro y se presentó el atisbo fantasmal, sepulcralmente bello.
Cuando giré a mirar por el parabrisas trasero vi, devorando mi horizonte, un mar rojo caliente y fundidor que avanzaba a una velocidad desaforada. No podía apartar mis ojos de aquella inmensidad. El hombre había encendido el auto y había preferido abandonar a su mujer. Yo la oía llorar a gritos mientras nos alejábamos de la casa. Él también lloraba. El tapiz comenzaba a ablandarse, y el sudor de las niñas se mezclaba en hedor con mi transpiración axial. Eran preciosos los disparos de llama que veía cruzar por los laterales.
Prontamente, nos veíamos salir de la zona media descendiendo hasta los suburbios, y se abría la tierra delante nuestro a causa de un gran bólido negro llameante que aterrizó fulminando la tierra, y cuya onda misteriosa hirvió las llantas obligando a detenernos y a bajarnos del automóvil. Pero quemaba tanto el asfalto que aquel hombre y sus niñas me olvidaron detrás y siguieron corriendo hasta quién sabe cuánto.
Mi vacilación me había hecho olvidar el dolor, la molienda de mis huesos. Eran sus rayos, sus ecos, la filosofía que provenía de aquella marea titánica. Me decidí por caminar hacia ella, que daba panzazos, se erguía y volvía a chocar contra el suelo mientras venia hacia mí, a mi encuentro, como un delfín enamorado de la humanidad, de su juicio, de su descuello. Tanta ingeniosidad junta, creí, para mí, sólo para mí. 
Me detuve, y mis zapatillas se habían vuelto parte del asfalto junto con mis pies. Los miré y no los vi. Levanté la mirada y vi la luz.

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